LA LLEGADA.-
No empezaré por el momento de la decisión de venirnos, porque eso daría lugar a otro diario, ya que nos llevó un año decidirnos.
Tomamos el avión el 25 de febrero del 2003, con muchas expectativas, dudas, miedos, esperanzas y angustia (todo eso mezclado). A mí, una de las cosas que me producía y aún me produce más angustia de la distancia, es la idea de que no volveré a ver a mi abuela nunca más. Actualmente tiene 90 años, pero ¿Cuándo podré viajar yo para allá a verla? Por ahora es imposible. Camino al aeropuerto, y aún ahí, miraba todo con la esperanza de que se quedara para siempre en mi corazón, el cual no dejaba de llorar dentro mío.
Llegamos a Israel el 26 de febrero del 2003, a eso de las 16:30 horas. Sabíamos que nos esperaría alguien que hablara nuestro idioma para guiarnos en cada cosa que debíamos hacer en el aeropuerto y traducirnos lo que hiciera falta. Así fue. Luego de haber presentado en una ventanilla la documentación requerida, nos dijeron que no buscáramos aún nuestras valijas (a esta argentina recién aterrizada le parecía un disparate ¿No nos las robarían? Pero parece que por aquí no tienen esas prácticas). Nos guiaron por un pasillo hasta un salón enorme, donde debíamos presentarnos a la entrada. A los chicos les dieron una bolsa enorme de golosinas israelíes a cada uno. Había muchísimas sillas y nos recibieron con sandwiches, café, jugo y la posibilidad de llamar a algún pariente que tuviéramos aquí, completamente gratis. A cada uno nos entregaron nuestros nuevos documentos y un dinero para que tengamos para empezar a manejarnos. Como éramos muchos, tardaron una barbaridad (así se entendió lo de la alimentación, jajajajajajajá). Cuando salimos de allí eran ya como las 10:30 horas. Con muchísima ansiedad fuimos en la búsqueda de nuestras valijas y........¡¡¡Estaban todas!!! Saliendo por una puerta, había muchas Traffics esperándonos para llevarnos a nuestro destino. Hasta que nos repartieron a todos y se pusieron de acuerdo ya pasó de la medianoche ¿Resultado? Cuando llegamos a nuestro destino eran pasadas las 2:30 de la madrugada. Nos esperaba en el kibutz (granja comunitaria, aunque ya casi no corresponden a esa definición y son más como barrios cerrados) un hombre de habla hispana que nos llevaría a la casa que nos habían asignado. Cuando llegamos, nos emocionamos al ver en la puerta un cartel de bienvenida. La verdad es que pensamos que este hombre nos dejaría adentro y luego se iría para que pudiéramos descansar, no fue así. Se sentó en una silla y pasó a explicarnos: esta casa es provisoria, solo unos días, como mucho una semana, hasta que esté lista la que es realmente para ustedes. Con las esperanzas y el cansancio que teníamos, asentimos y todo nos parecía bien. La casa era una sóla habitación, en donde habían dos camas de una plaza unidas que hacían de cama matrimonial, dos sofas camas de una plaza que había que abrir para dormir, pero que luego de día debían permanecer cerradas sí o sí para que no quiten espacio, una mesa de plástico redonda con sillas, una cocina y el baño (tengan en cuenta que nosotros somos cuatro). Nos esperaron con pan, queso blanco, caramelos para los chicos, fruta, azucar, edulcorante, café, té, leche y alguna cosa más que no recuerdo. Nos tenían listos platos, cubiertos, una olla, una sartén y una hervidora de agua eléctrica (estas cosas eran a préstamo, no regaladas, no es para tanto tampoco). La semana se transformó en un mes y medio (casi dos), pero eso es tema para otro relato. Luego de un discurso de como una hora o más, al fin se fue y pudimos ir a dormir ¿En qué valija pusimos las sábanas? No importa, después de buscar un poco aparecieron fácilmente y ahí sí ¡¡¡Al sobre!!! Mañana les cuento el segundo día, no tiene desperdicio. SEAN FELICES!!!!!!!!!!!

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