Diario de una inmigrante.

Este es un blog para contar mis vivencias como inmigrante y aquellas noticias y artículos que me llegan y me parecen interesantes para compartir. Espero que pueda ser útil a muchos, y leer muchos comentarios.-

martes, diciembre 21, 2004

SEGUNDO DÍA Y SUBSIGUIENTES.-

Después de haber viajado tanto tiempo en avión (24 horas) y de haber estado dando vueltas tanto tiempo en el aeropuerto, sumándole la hora de llegada a destino, cualquiera hubiera pensado que al día siguiente tendríamos que haber dormido hasta las tantas. Nosotros también pensábamos eso, pero no todo es como uno quiere ¿Verdad? A las 7: 30 de la mañana, alguien llamó a mi puerta. Se trataba de otra inmigrante argentina, que había llegado unos cuatro meses antes que nosotros. A la persona que nos había recibido, le dije que necesitaba comprar algo a la brevedad posible y si me podía indicar dónde hacerlo. Me había respondido que me enviaría a alguien para que me acompañara, y ese alguien estaba a mi puerta. La hice esperar un poco, porque no estaba lista y fuimos. Allí hay algo que lo llaman Colbo (todo en él), viene a ser, como un minimercado. No recuerdo si llegué a desayunar, creo que no. Porque poco después, estábamos en una camioneta con gente que había llegado el mismo día que nosotros (todos argentinos) y unos uruguayos que habían llegado el día anterior. Fuimos a la ciudad de Tiberias que está a 15 kilómetros de el kibutz. Pronto esa ciudad ocuparía un lugar muy importante en nuestras vidas, ya que allí se hacían los trámites, compras más baratas que en el colbo, había una plaza y lugares donde tomar algo si uno tenía ganas de salir un poco. En aquella ocasión, fuimos al banco donde iniciaríamos nuestros trámites para empezar a recibir el dinero de ayuda del gobierno israelí: este depósito sería durante seis meses, para que podamos dedicarnos al estudio del idioma (curso que ellos también pagaron), sin necesidad de ocuparnos en trabajar. Esos trámites, llevaron un tiempo considerable y luego nos fuimos a almorzar, para esto el señor que nos ayudaba que desde ahora lo llamaré E. nos llevó a un restaurancito sencillo, muy simpático y dónde seguramente él tendría su comisón. Yo más bien que restaurant, lo describiría como una rotisería con algunas mesas y sillas. Había que agarrar un plato, pasar por el mostrador, elegir lo que uno quería comer y luego te servían. Comimos muy rico y luego nos volvimos al kibutz. Cuando llegamos, nos llevaron a todos al Colbo para que conozcamos dónde podíamos proveernos desde un chocolatín pasando por todos los alimentos, hasta un paraguas, sin dejar de pasar por las velas aromáticas; es decir, abarcaban bastantes rubros. Allí atendían dos personas (si bien a veces iba la dueña) que se turnaban entre si. Una era israelí, no se caracterizaba por su simpatía y siempre tenía algo mejor que hacer aunque estuvieras apurada y ella lo supiera. La otra era peruana, hacía muchos años que vivía en Israel y tenía dos hijas israelíes (creo que la mayor vino siendo muy chiquita). Era la mar de simpática y siempre estaba dispuesta a ayudarnos en lo que necesitáramos saber, ya que había cosas completamente nuevas para nosotros. Es de entender entonces, que salvo absoluta necesidad, fuéramos en su turno. Esos primero días, todos engordamos mucho. Los uruguayos vivían al lado nuestro y ella, cada vez que me veía pasar por la ventana me decía: "¿Probaste esto? Es riquísimo, tomá". Yo hacía otro tanto con ella y eso pronto se empezó a notar (inevitable). Es que cuando uno es recién llegado, quiere conocer todos los sabores nuevos, y en vez de que sea poco a poco, espera que sea de repente. Lo más lindo del lugar para nosotros, era la libertad de los chicos. Allí, tanto los más grandes como los más chicos, tenían la oportunidad de ir a donde quisieran solitos, ya que era como vivir en el campo. El kibutz está sobre la montaña y desde allí se puede ver el lago Kineret, más conocido como el mar de la Galilea. El mayor problema del lugar, era el transporte, que por ser todo un tema, merece un capítulo aparte que ya escribiré en su momento. Lo único que les puedo agregar a lo ya escrito es que al principio nos sentíamos como que aún no habíamos bajado del avión. Parecíamos más turistas que inmigrantes. Sobre todo porque el curso de hebreo no empezaría hasta más adelante (como un mes después de nuestra llegada).