CRÓNICA DE UNA CIRUGÍA ANUNCIADA EN LA CIUDAD DE JADERA (ISRAEL).-
Confieso que no es nada fácil escribir en la computadora con una sola mano, sobre todo cuando la otra está dolorida. Pero como creo que vale la pena, lo voy a intentar.
Hacía como dos meses que tenía una dolencia en el codo, como era reincidente en ella y la inyección de Corticoides que me dieron fue inocua, se me aconsejó una operación. Pedido el turno desde la computadora del doctor de la prestación médica al hospital, este me llegó por correo junto con todas las indicaciones precisas de los pasos previos. Seguí uno a uno todos los procedimientos indicados y junté en un sobre todos los papeles: los que me mandaron más los que me pidieron. La prestación médica corrió con todos los gastos.
El 26 de diciembre (fecha del turno) fui al hospital convencida de que ese día me operarían. Me acompañó mi tía y llegamos una hora antes por las dudas. Habiendo ingresado por la entrada de guardia, nos dirigimos a la recepción y entregamos todos los papeles. Allí nos enviaron al tercer piso. Ascensor mediante, llegamos a otro mostrador. Luego de esperar un rato y revisar mi cúmulo de papeles, me dieron uno nuevo con el cual debía volver al mismo lugar de planta baja donde ya había estado. Llegamos, se quedaron con el papelito que certificaba que había habido donante de sangre, y me entregaron una tira larga, plegada sobre si varias veces con muchas calcomanías donde constaban mis datos. Vuelta al tercer piso, entrega de los papeles contraentrega de orden de radiografía (la cual debía hacerse en la P. B.). Con la radiografía en mano, subimos una vez más al tercer piso, preguntándonos qué nuevo papel nos estaría esperando o qué nuevo tema nos volvería a hacer bajar los tres pisos ¡¡¡Sorpresa!!! Debíamos sentarnos y esperar. Entonces tuvimos la oportunidad de enterarnos que la operación sería al día siguiente, que luego de hacer lo que aún faltaba me iría a casa para volver en el turno correspondiente de la cirugía.
Pasó mucho tiempo hasta que me llamó un médico. Me hizo pasar a una especie de consultorio, ejecutar algunos movimientos con el brazo problemático, apretó sobre la zona de dolor hasta que no pude más y miró mi radiografía, luego me dijo que saliera y continuara esperando. El reloj siguió corriendo bastante hasta que vino una enfermera que me hizo una serie de preguntas, me tomó la temperatura con un termómetro con capuchón descartable y que es parte de un aparato, midió mi presión y me puso una pulserita con mis datos. Otra vez me pidieron que esperara aún más tiempo. Hasta que a mi tía se le ocurrió preguntar a una enfermera ¿Resultado? Me habían dispuesto una cama para ingresarme ese mismo día, me guiaron hasta ella y allí, sentada, volví a esperar. Llegó un nutrido grupo de médicos. Si digo que eran 10, quizá exagere, pero no mucho. Uno de ellos parecía ser el capo. Se me acercó y volvió a apretarme la zona del dolor, varias veces hasta asegurarse exáctamente dónde me dolía. Empecé a llorar porque no podía más y, mientras él me explicaba en hebreo que todo eso era por mi bien, que así descubrió que tabién tenía afectados ciertos nervios del brazo y que si no los operaba mi problema sería resuelto sólo a la mitad, otro médico con aspecto de menor importancia volvió a apretarme hasta hacerme gritarle ¡¡¡Basta!!! ¡¡¡Por favor!!! (En hebreo, claro).
Al fin se fueron, yo me quedé llorando en el regazo de mi tía y ella me explicaba mientras tanto lo positivo de todo eso. Más tarde me dieron una inyección, bastante dolorosa también, en el otro brazo, para calmarme el dolor causado por tanta seguridad. Me cambié, me acomodé y no recuerdo mucho más de ese día.
A eso de las 9 de la mañana siguiente me fueron a buscar para la operación. Pasamos por una especie de laberinto hospitalario, ascensor mediante, hasta llegar a la sala pre operatoria. Allí había un enfermero muy simpático, que además de ubicarme en un cubículo cuyas cortinas pude cerrar por completo, mandarme sacar la ropa para ponerme una especie de camisón apropiado para la cirugía, ayudó con su buen humor a que me relajara un poco. A todo esto, mi tía todo el tiempo estuvo conmigo, salvo cuando finalmente me llevaron al quirófano. Una vez allí me atendió otro enfermero. Me puso los electrodos para el electrocardigrama, la pinza de ese mismo aparato en uno de los dedos, la aguja del suero y una máscara en la cara. Me llamó la atención que no sentí ni un olor distinto, ni un airecito, nada. Me acuerdo que pensé: "pero esto no sirve, no siento ninguna diferencia". Lo que recuerdo después de eso es que me desperté en una sala post operatoria, que un enfermero me sacó los electrodos y que me sentía bastante mareada. Luego, la mayor parte del día fue dormir. Desde el día siguiente de la operación, hasta el mismo día del alta, tuve la visita de las fisioterapeutas (eran tres) y cada una se ocupó de mi rehabilitación.
Después de estas cosas tan específicas, lo que me queda por contar son generalidades: cada cambio de turno de enfermeros/as, uno/a de los/as que dejaban el turno, se ocupaba de acompañar a los/as entrantes cuarto por cuarto, cama por cama, explicando cada detalle de cada paciente, cada necesidad de cada uno. Cada enfermo era controlado con asiduidad según su necesidad (presión, temperatura, suero, corazón, pañales descartables en los abuelitos, etc.). Cada vez que un/a enfermero/a era llamado/a, atendían el requerimiento sin ningún gesto de molestia y con amabilidad (hasta cuando una abuelita pidió, ya de madrugada, un té con una rodaja de pan lactal untada con queso blanco). Anotaban todas las conclusiones y todas las mañanas pasaba un grupo de médicos a controlar a los pacientes. La comida, riquísima (hasta porciones de torta y facturas con chocolate me han servido). La mayoría de la comida a base de verduras, pero también comí unos medallones de carne espectaculares, milanesa de pollo, etc. En el aspecto comida, lo más extraño para esta aregentina, era que a la mañana me servían (además del café con leche, el pan y el queso blanco): tomate, pepino y huevo duro. A la noche, junto con la sopa de verduras y la comida propiamente dicha, té, pan y queso blanco. Eran tres comidas al día: desayuno, almuerzo y cena (que se servía entre las 17 y las 18 horas). Respecto a la población de pacientes, la mayoría eran árabes, luego seguían los israelíes y yo era la única latina de esa sección. No vi (que no quiere decir que no hubiera) ni un sólo ruso ni etíope. Llegué a escuchar comentarios tales como: esa es argentina (es que yo era la rareza allí). En cuanto a los árabes, debo comentar que terminé amiga de algunas de las mujeres (entre las que sabían hebreo, claro). Tanto estas como las israelíes que conocí, se mostraron generosas y dispuestas a ayudar. También había otros árabes con los cuales no tuve trato, no por mala voluntad de ellos ni mía, sino que ni ellos sabían hebreo, ni yo una sóla palabra de árabe (en el hospital aprendí que salam quiere decir hola). Por último, sólo me queda señalar una última rareza (al menos para mí): si buscan silencio no vayan al hospital. Allí uno le gritaba a otro de una punta a la otra, otro hablaba por celular (aunque fuera a la noche tarde) a viva voz, entraban como diez personas a la vez a visitar a alguien y todos hablando al mismo tiempo y en voz muy alta, bueno, para que aclarar más, parecía una feria.
Al fin estoy en casa, pero no me quejo, me atendieron muy bien y todos fueron agradables, simpáticos y profesionalmente eficientes. Pero bueno, yo extrañaba a mis nenes.
